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Ágora o nunca

14 junio, 2016, por

La cálida humedad de la brisa marina vahaba los espejos de mi alma, difuminaba la percepción de mí mismo y desvanecía mis recuerdos. A pesar de la rumorosa claridad de la mañana, sentía brumas y silencio creciendo en mi interior. Sonreí recordando un aforismo: “la niebla es un enigma cargado de promesas” – y quise abandonarme a ella, a él y a ellas – “quien la teme nunca aprende; quien la explora, halla, crea, crece y si persevera, prevalece”. Me recosté sobre la hierba que asomaba al borde del acantilado y miré el batir de las olas: el mar, obstinado amante, hacía requiebros para vencer la castidad de la roca. Pensé: “el amor es el misterio del encuentro, el vértigo del descubrimiento y la resolución de la entrega; no hay amor sin pérdida, pero no hay vida sin amor” y volví a sonreír. Me sentí envuelto en vapores de paz y, al mirar a lo lejos, vi que se acercaban mis sueños. Quise pensar: “los sueños son vidas paralelas donde el sabio brujulea sus verdades, el innovador finge sus inventos y el atrevido engatusa a los intrépidos; donde el cuerdo es tomado por cobarde y consejero de ninguno, y el loco, por abanderado de la cordura y adalid de los creyentes; donde la libertad campa a sus anchas, la infracción es la regla y está exenta de culpa, la lucha es siempre honrosa y el daño ni duele ni mata; y donde cada quien encuentra su afán o su remedio”… pero yo ya dormía y esto solo pude pensarlo a mi regreso.

En mi sueño, grandes piedras enlosaban una plaza hermosa. Los hombres gesticulaban en corrillos y sus barbas, como sus túnicas, se enredaban en la brisa; las mujeres portaban cántaros y niños, y sus túnicas emanaban brisas perfumadas. Perros y palomas, buscando sombras y sobras y huyendo de bullicios, dibujaban senderos en la luz y en el aire. Era una mañana idílica inundando el ágora de paz.

Un hombre levantó la voz y unas mujeres le increparon – la voz es la ballesta que dispara la palabra, la palabra es la flecha que despierta la conciencia, la conciencia es la llama que prende el incendio –: ellos morirían por una verdad, aunque resultara falsa, y matarían por un ideal, aunque resultara absurdo; ellas morirían por un hijo, aunque resultara como ellos, y matarían por darle una vida mejor, aunque no fuera para ellas. Un hombre clama que la paz es el freno del destino y una mujer le responde que no hay paz para quien no lo alcanza. Otro hombre grita que la paz es la ceguera del cobarde y otra mujer replica que ciego es quien la desprecia. Alguien invoca al deus ex machina y todos se sorprenden en un silencio momentáneo. No es la paz que llega, es el instante de consenso para desdeñar al estúpido: porque es en la ceremonia del ágora donde reside la fuerza del pueblo y no hay dios que la suplante. El graznido de unas gaviotas sobre el cielo de la plaza parece reflejar el alboroto.

Abro los ojos de repente bajo el graznar de unas gaviotas. La plaza desvanecida y el pueblo de otro tiempo y lugar prenden mis sentimientos y reflexiones.

En el sueño de aquel tiempo, solo el estúpido pretende que un dios de artificio resuelva sus problemas: el pueblo los quiere resolver por sí mismo. Convertidas ahora las plazas en lugares de paso, olvidada la ceremonia del ágora, el pueblo de hoy espera “que alguien haga algo” desde los ignotos poderes que manejan la tramoya. ¿Qué estúpido pretenderá enfrentarse al dios de la máquina?

En el sueño de aquel tiempo, todos tienen ideales: fuego que arde en sus conciencias y se proyecta en sus palabras. La ceremonia del ágora es el ámbito de la palabra. El pueblo que no educa a los suyos en el uso de la palabra estimula el recurso del gesto: mientras la palabra habla a la mente y, a través de ella, al corazón; el gesto apela a las vísceras. El pueblo que no es diestro en la palabra, no discierne cuando escucha y es proclive al engaño. Incluso para el mudo, la palabra ejercita la razón, el entendimiento y la conciencia. Cuando uno no sabe hablar, se emociona con los gestos: el dios de la máquina se los hace para que le siga ciegamente.

En el sueño de aquel tiempo, la calma es un accidente y la lucha, un estado: hay una entrega generosa del ahora para construir el futuro. Más vale un futuro hecho con esfuerzo, con todos sus defectos, que un presente mantenido en el tiempo y convertido en un futuro ajado. Apatía no es paz, sino conformismo y dejación; la paz es una eterna conquista: la lucha exige verdad compartida y exigencia personal, compromiso y entrega. Hoy, confundiendo paz con bienestar, muchos se contentan con saber que otros están peor. Las noticias nos lo recuerdan cada día, como si fueran la bocina por la que el dios de la máquina nos adoctrina.

Al regresar de mi paseo, escribo estas notas y me pregunto qué conciencia arde tras mis palabras. Y pienso que quizás, si fuera tan afortunado, mi conciencia estaría ardiendo en deseos de innovar para mejorar la vida de muchos, de emprender para crear trabajo y riqueza, y de luchar para no defraudar a quienes me escuchan en el ágora. Pero uno es mal juez de sí mismo y el ágora tiene opinión propia.

También me pregunto por la trama de mis esfuerzos: ¿no es codiciosa toda ambición? Y pienso que hay codicia de recibir y codicia de dar, y que, en el ágora, impera la codicia de compartir: si yo fuera tan afortunado sería un digno hijo del pueblo que me cobija y nutre. Pero sé que la fortuna esconde sus intenciones y que el hombre se engaña a sí mismo: por eso vigilo mis pasos mientras recorro el ágora a ojos de todos.

Por ahora, el dios de la máquina me ha sido esquivo: esperando por él, nada habría sido hecho; afortunadamente, cuando el pueblo se une en el ágora, no lo necesita.

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