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El caso del inversor del Tarot: la carta del Ahorcado

17 julio, 2015, por

El cine nos confunde con policías que escudriñan la escena del crimen hasta el último rincón; en realidad, en los rincones, sólo hay ovillos de pelo y polvo y, sobre ellos, ácaros atónitos, mudos testigos del crimen. La policía escudriña más bien lo que se toca y pisa, lo que se mira y huele: es allí donde el criminal deja su traza, la impronta culpable de su método y saña. Allí confluían todas las miradas en aquél análisis urgente de la escena del crimen. La inspectora jefe, a cuatro patas sobre el suelo, levantaba con el extremo de un bolígrafo la esquina de una carta: era el Ahorcado de una baraja de Tarot (*).

–    Extraño caso este – musitaba la inspectora – de un asesinato sin muerte y un muerto sin cadáver. Nunca vi cosa igual.
–    ¿Traemos a un experto? – preguntó solícito un agente judicial – ¿Un adivino? ¿Un exorcista?
–    ¡Mejor traemos a un nigromante! – le espetó la inspectora sin recato – Uno que consulte vísceras y hable con los muertos.
–    ¡A sus órdenes! – respondió el agente, optando por lo seguro, sin saber si aquello era una orden o un improperio.

El agente, más profesional que desconcertado, trajo un mago experto en Tarot. Su rostro era narigón y orejudo como extraído de un cuadro antiguo. Vestía, sobre un traje oscuro raído por el tiempo, una capa enferma de figuras, formas misteriosas enhebradas con hilos de oro y plata.

–    En estas lides, la puesta en escena lo es todo – musitó la inspectora –. Así, cobre y estaño pasan por oro y plata; la tristura del atrezzo, por misterio; y por personaje iluminado, quien más parece alucinado… En fin, veamos que luz nos trae – y, en un suspiro, pensó en voz alta – el teatro de la vida se abre a la escena del crimen: porque teatro es el crimen cometido con sus actores dolosos y sus victimarios, su escenario decorado de banalidades hasta el momento intempestivo, su trágico guion y sus sórdidos diálogos.
Por todo saludo, el experto extendió sus brazos sin mirar a nadie y habló desde la elevación de su cátedra:
–    Aquí huele a fiambre.

El policía sintió pánico escénico impelido, como se veía, a salir a platea en ese mismo acto: ¿debería afrontar el ridículo papel del contrapunto cómico a aquella seriedad sacerdotal y desvelar lo que sólo él sabía: ¡los aromas percibidos por la docta nariz provenían de su maletín: el bocadillo de jamón con el que su esposa le idolatraba!?

–    Aquí huele a hombre estupefacto y a fiambre de dinero – el policía quedó atónito, pero agradeció que su almuerzo quedara al margen –. Aquí huele a alguien que perdió su inversión.

Se hizo un silencio pesado de rancio respeto: el nigromante, ajeno a la dimensión del tiempo, veía en presente hasta las causas últimas a las que sucumbía la realidad de todos los tiempos. Hablaba tan ensimismado, que nadie se atrevía a interrumpirle:

–    Aquí resuena el ruidoso resuello del que sufrió en carnes por un sueño del alma, el resuello esforzado de uno que quiso más de lo que pudo, el largo caminar de uno que perdió para siempre su camino.

De pronto, calló. La inspectora se debatía entre la incredulidad y la imprecación, entre el desaire y el desacato. Pero el nigromante estaba ajeno a todo para poder verlo todo; veía un presente tan extenso en el tiempo, que el instante presente no era más que una gota en el mar: la inspectora no ocupaba en su mente más de lo que ocuparía un paramecio perdido en el agua de aquella gota perdida en el agua de la mar océano. El silencio se hizo tan vivo, que casi se escuchaba. Por fin, la nigromancia justificó su presencia:
–    Este fue un hombre con algún dinero. Conoció un proyecto que un emprendedor promovía y sobre el que con pasión predicaba. El hombre se sintió conmovido, buscó los más tangibles de entre sus bienes y los convirtió en dinero (líquido en un sentido, sólido en los demás); hizo un hatillo y lo invirtió a todo riesgo en un proyecto que no entendía, con riesgos que no colegía y con un emprendedor a quien no conocía: las tres negaciones que anticipan la angustia y propenden al fracaso (**). Quiso creer y creyó por fe y sin razones; por fe, desoyó críticas y consejos y negó realidades. Pero, en su interior, por fin, el hombre empezó a sufrir de recelos cada día y cada día ardía en dudas que le abrasaban: ¡las larvas de la suspicacia se lo comían por dentro!

Un silencio espeso se cernía sobre los presentes: había un hálito de magia y una conciencia de transgresión en los adentros de lo prohibido. La inspectora se preguntaba si podría ser legal tanta ruptura del tiempo y del flujo de las causas y sus efectos; pero la interrumpió el mago de nuevo:
–    Sufrió como si la maldad de un asesino le cercase, pero como si el malvado que le amenazara no fuera ladrón de vidas, sino perturbador de bienes: el emprendedor hizo lo que supo y pudo, y sólo llegó al más estrepitoso fracaso. El hombre ilusionado del hatillo pronto, recibió luego la noticia: su inversión estaba descalabrada y muerta. Ese es el cuerpo del delito.

La inspectora encontró conveniente la explicación de aquel asesinato sin muerte y de muerte sin cadáver. Pero no hay resolución de un crimen hasta que todas las piezas encajan y allí quedaba algo sin explicar:
–    ¿Y qué me dice de la carta del Tarot?

El nigromante salía del trance y se humanizaba a ojos vista: su rostro recobraba el color y volvía a parpadear, sus manos temblaban de nuevo con el ligero temblor que induce la oscilación cardíaca, se sacudió una mota de polvo sobre una manga… mientras respetaba las demás. Habló, tras una pausa relajada, como quien ya no está desorientado en los arcanos:
–    La carta del Ahorcado se la arrojó su esposa al anunciarle el divorcio. Ella no entiende de inversiones, pero es próxima a la magia y presagiaba el fracaso desde el primer día. De hecho, lo consultó conmigo y yo le advertí de la pasión que presentía. Él no hizo caso y lo arriesgó todo a ciegas. Si su inversión hubiera triunfado, él habría ganado, su mujer le admiraría agradecida… y yo habría perdido. Pero él perdió y, ahora, ella es mía: yo le di la carta del Ahorcado de mi propia baraja, para que se la arrojara a su exmarido subrayando mi triunfo. Él ha concluido hoy su pasión… y yo he iniciado la mía.

Caso cerrado.

(*) Wikipedia:
El Ahorcado es una carta del Tarot y es el arcano número 12
Simbología: El Colgado suele ser asociado con el autosacrificio y la paciencia ante las adversidades. Con el esfuerzo tesonero que requiere cualquier empresa difícil de llevar a cabo y cualquier causa noble. En las diferentes religiones y mitologías esto es muy común, siendo el ejemplo más claro en la cultura occidental la pasión de Cristo, pero otros claros simbolismos de este sacrificio sería Odín colgando del Ygdrasil durante nueve días para tener acceso al secreto de las runas, así como la muerte y resurección de Osiris, Mitra y otros muchos dioses que, como Jesús y Odín, pasan por un calvario pero resucitan renovados e iluminados. En el Tarot X de CLAMP es representado por Subaru Sumeragi.
Numerología: El doce es uno de los números más importantes de la numerología, ya que simboliza la iniciación. Son doce los apóstoles iniciados por Jesús, doce los caballeros de la Mesa Redonda, doce los dioses del Olimpo, doce las pruebas que debe llevar a cabo Hércules para ser admitido en entre los dioses (la Iluminación), así como son doce los meses del año y los signos del Zodiaco.

(**) Puedes ver más información sobre el mismo asunto en el post “Los diez mandamientos de la inversión colectiva” en este mismo blog.

© Juan José Marcos Muñoz

Juan José Marcos Muñoz

Es el promotor de Bestaker.com y el emprendedor que está detrás del proyecto Visión de Davalor Salud. >>Más información

Photo credit: Russ Allison Loar via photopin cc

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