cementerio

El emprendedor como persona y personaje: la exuberancia y el exceso

24 junio, 2015, por

Una vida exuberante y excesiva

Fue el último disparate: su larga melena otrora ondeante quedó enredada en las piezas del motor desnudo que intentaba reparar; protestó con tirón de pelos y palabras gruesas, pero, enseguida, la incomodidad cedió a la frustración, la frustración al dolor y, cuando la embarcación empezó a anegarse, escorarse y hundirse, el dolor dio paso al estupor húmedo de quien ve alejarse el plano del agua sobre el que flota impertérrito el aire respirable. Aurora Cifuentes se resistía a su ocaso y se agitaba vanamente, porque un océano puede más que todos los deseos humanos.

En su descenso, la oscuridad se cernía en torno a ella bajo el peso del agua profunda. Los que la conocieron creen que sabría pronto aceptar su destino y que, con una sonrisa aterida, habría proyectado aún un último hálito de vida en ese instante sin futuro: “soy la protagonista de una película de acción, tras el fin de la escena y el fundido a negro vendrán a buscarme en limusina” y quizás, unos metros más abajo: “la muerte es un macho cavernario que me arrastra por los pelos a su covacha… ¡que sea para bien y que muera de amor!”.

Los que nunca la comprendieron se preguntaban por qué salió sola al mar, por qué no pidió ayuda cuando falló el motor, por qué su melena era tan larga y tan rubia, y por qué vivió con tanto ahínco. Los que la comprendían sabían que nunca aceptaría “pasar por la vida de puntillas”, que “hacer ruido” era su forma de vivir y de hacer notar, como decía ella, “su presencia contingente en un mundo innecesario”.

– Es extraño saber que está ahí, en la caja, con los ojos cerrados y las manos yertas… – decía, en el entierro de Aurora, un socio minoritario de una de sus empresas, pero no tan minoritario que no la conociera bien.

– ¿Acaso crees que ella está en la caja? – respondió un socio mayoritario que la conocía mejor – ¿Acaso podrías tolerarlo?

“¡Tolerar la realidad!” – el socio minoritario se sorprendió de tanto amor –, pero el mayoritario siguió:

– Si ella está en la caja, yo estoy en la cárcel y tú, en la ruina.

Aurora, en su afán de hacer ruido, hacía crujir las leyes y, como en filosofía, las trabajaba sin descanso hasta reducirlas al absurdo: era en aquél punto donde ella encontraba los recovecos de la impunidad para lo que todos entendían injusto. Ella se defendía ruidosamente, fuera en privado o en público: “las leyes pretenden el orden, no la justicia y se conforman con la justicia generalista del bien común: esa es una justicia incompleta, insatisfactoria e injusta que yo acato, pero con la que no comulgo: si hallo un atisbo de una justicia mejor, particularizada para mi caso y no generalista, dentro del orden de la ley, aunque los que sufren la ley se ofendan y los que la hicieron se avergüencen, mientras quienes la aplican no puedan criticarlo, me lanzo por ese hueco a un mundo mejor”.

En la emoción contenida que impregna el camposanto, una mujer oscura que la amó en las sombras desde siempre, compungida hasta el extremo, se sentía ella misma abrazada al cuerpo frío de Aurora, encerradas las dos en la breve alcoba de madera que proclama la muerte: una locura de amor para una noche eterna.

– Llévame contigo – musitó.

– Claro, señora, claro – un hombre oscuro y torvo se atrevió a interrumpir su suspiro –: vayan todos a la fiesta, como siempre, y sigan gozando de impunidad,

El hombre oscuro era el periodista que destapó el escándalo. No estaba en el funeral por la fenecida, sino por los supervivientes de sus acrobacias económicas y fiscales. Era un hombre encerrado en su propia sombra, de presencia huidiza y con un algo de invisible; pero hoy, el premio gordo a su trabajo se había hundido en el mar. Por eso habló: por pura rabia; no lo hubiera hecho de otro modo, porque él era hombre de mucho mirar y poco decir (su lema: “saber debería escribirse con uve, porque sólo el que ve acaba sabiendo”). Hoy, estaba para ver, pero la frustración rebosaba su mirada.

En vida, a Aurora la premiaban los mismos que debieran denunciarla: “emprendedora de éxito”, “empresaria del año”, ejemplo de los más jóvenes y admiración de los mayores. Pero Aurora acumulaba en su red tantos resquicios dudosos, que ya no distinguía cuál era el “correcto hacer” ni dónde acababa el bien y empezaba el mal.

– Es como cuando uno conduce muchas horas y está cansado y cae la tarde: las luces decaen y crean realidades fantasmales y uno lucha porque sus párpados no se cierren y sus manos empiezan a olvidar el volante al que se aferraban – el socio mayoritario hablaba al minoritario, pero para hacérselo oír a él mismo. Ambos miraban la caja fúnebre, sopesando con la vista si pudiera estar vacía.

El periodista no pudo oírle, peo se acercó al acecho: quizás hubiera visto sus palabras en el aire o hubiera leído sus labios; su rabia se encendió y terció con descaro en el monólogo:

– Aurora Cifuentes siempre supo lo que hacía: asesorarse de los peores, tergiversar la ley, comprar voluntades, corromper conciencias, engañar a incautos, estafar a confiados, escapar del fisco y confundir a los jueces para enriquecerse ilícitamente y sin pudor. La metáfora de su vida no es la de la conducción en la tarde, sino la que dibuja su propia muerte: enredada en sus propias trampas camino del infierno; y esta vez no pudo librarse… por los pelos.

Una vida exuberante

Emprendedor, no confundas exuberancia con exceso. Sé, si puedes, exuberante en crear valor, justo en compartirlo (con clientes, proveedores, empleados e inversores) y comedido en el cumplimiento de la ley; lo demás, es exceso: futilidad, vanidad, inconveniencia propia, vergüenza ajena y castigo seguro (*). Tampoco creas que descender un escalón en tu escala moral es un paso trivial: la experiencia demuestra que ese es un proceso iterativo, que cuando comienza nunca se detiene y que, más pronto que tarde, descubrirás que saliste del sentido común por la puerta falsa para entrar en la desilusión por la puerta grande.

(*) El castigo es seguro para los emprendedores descarriados, aunque la condena social o legal tarde en llegar o aunque se libren de ella: para los emprendedores sin escrúpulos, es por el sufrimiento autoinfligido cuando están a solas; para los que aún animan un atisbo de conciencia, cuando se acompañan de quienes confían en ellos con amor; para los que sienten angustia por sus decisiones equivocadas, aunque las ejecuten con decisión, cuando la angustia les embarga. Sólo queda libre de castigo el emprendedor enloquecido cuya profunda paranoia le liberó de todo escrúpulo… pero ese está libre de pecado.

© Juan José Marcos Muñoz

Juan José Marcos Muñoz

Es el promotor de Bestaker.com y el emprendedor que está detrás del proyecto Visión de Davalor Salud. >>Más información

Photo credit: pavlinajane via photopin cc

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