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Postales de mi vida coloreadas a mano. El empleador

22 julio, 2015, por

El recuerdo

La mañana era fría y húmeda, dura e inmisericorde. Me acerqué a la fuente atraído por el regocijo sonoro del surtidor, por la magia del hielo en sus caños, por el remolino de curiosos que la circundaban y por el ansia de una foto que justificara mi viaje. En el fondo de su estanque, una moneda dorada de brillo apagado y movedizo parpadeaba bajo el influjo de los chorros y las ondas del agua. No sé quién miró primero, pero cuando percibí que la miraba, creí que el rostro de su haz llevaba largo tiempo invocando mi mirada con la suya: ¡un preboste de la Historia me miraba a través del agua y del tiempo! En ese momento, sentí lo que tantas veces había leído sin comprender: recorrió mi cuerpo “el escalofrío de la Historia”, esa sensación que recorre tu médula espinal cuando ves la Historia tan de cerca que tú mismo, roto el cristal de hielo que la mantiene aislada en otro tiempo y lugar, te sientes integrado en ella. Es el latigazo de tu propia conciencia espoleada por la incongruencia y la vulnerabilidad; es la premonición del espanto y el fulcro de tus propios miedos.

La gente bullía a mi alrededor ajena al misterio, así que inhalé una bocanada helada de voces del presente para conjurar mi pasmo del pasado. La Historia, entonces, se convirtió en efigie; la efigie, en la cara de la moneda; y la moneda, en instrumento de cambio. De pronto, vino a mí la imagen del pan que granjeó su uso al campesino empobrecido y las manos tendidas de sus hijos alrededor de una mesa sin platos ni cubiertos; vi la mano ávida del cochero recogiendo de la mano del poderoso el pago escaso con la seña del desprecio; vi la mirada triste de la sirvienta y su puño apretado sobre la moneda que no alcanzaba para sus sueños; vi los ojos que la ansiaban en la distancia y a cuyas manos nunca llegó; y vi a los pobres verdaderos, que nunca supieron que existiera.

De pronto, un chiquillo a mi lado se desprendió de su ropa como si la caldera de un anhelo lo calentara por dentro y, ajeno al gélido ambiente y a la general sorpresa, se zambulló como una rana a la búsqueda de la dorada moneda. Salió del agua triunfante y tiritando entre vítores y aplausos de los incrédulos viandantes. Su puño en alto, cerrado como un cofre, fue el gesto triunfal de quien va a construir su propia historia.

Aproveché el tumulto para pedir a alguien que me sacara la foto imprescindible. El fotógrafo improvisado, señalando al chiquillo, triunfal aún sobre un charco a sus pies, me habló con un inglés tan extremado que casi no lo podía entender:

– ¡El chico… es un mercenario del tiempo!

En la foto que recordaría mi viaje, no era yo el protagonista. Al pegarla en mi álbum, escribí: “Londres, 1980, con el mercenario del tiempo”. Enigma sobre enigma, mi viaje era el de otro y el sintagma nominal, un arcano.

La consecuencia

Oímos tantas voces y leemos tantas letras a lo largo de nuestra vida, que nuestro cerebro es un navío a la deriva sobre océanos de palabras. Moluscos inadvertidos viajan con nosotros adheridos a su casco, filtrando, de ese mar de sargazos escritos o pronunciados, las frases que marcan nuestra vida y alimentan nuestra historia. Así, sin saberlo ni entenderlo, los moluscos filtradores que, sin conciencia ni deseo, transfieren a mis neuronas las sustancias que conforman mis pensamientos, me han incitado subrepticiamente, a lo largo de mi vida, a convertirme en lo que ni sabía ni entendía: un mercenario del tiempo.

El tiempo cronológico es un amo sin piedad, pero leal con sus esbirros: les hace nacer y morir a su antojo, y, entre tanto, gozar y sufrir a su ignoto criterio, fatigar sus carnes con el frenesí de la subsistencia y consumirse en el delirio de sus deseos… pero nunca jamás les abandona. Hoy, mi vida se doblega a su imperio y le reconozco como amo. Yo me entrego a él, consciente de mi contingencia, y él se complace tratándome como a un liberto. Así, voy adonde él me manda, pero él sólo me envía adonde yo elijo.

Cuando trabajaba para otros, me fatigaba por subsistir y me consumía en deseos alcanzables, pero imposibles. Un día me atreví a lo improbable, me elevé por encima de mi rutina y soñé estar vivo. El tiempo, como un dios, me habló con su silencio; yo le respondí con la urgencia de lo efímero: “¡Amo, dame tiempo para crear!; dame tiempo para desprenderme de mi abrigo y mi coraza, y para zambullirme en el agua helada; dame tiempo para encontrar la moneda que me llama desde el hielo de los tiempos, dame tiempo para desvelar las historias ínfimas que atesora, dame tiempo para comprender que el pan no alcanza a todos, que el desprecio sí lo hace, que los sueños no se alcanzan con dinero y que la pobreza es el país que a todos acoge”. El tiempo, dios inmutable y frío, consintió mi rogativa con su silencio. Yo continué: “¡Dame tiempo para crear!; dame tiempo para levantar esa moneda, como talismán, en el cofre de mi puño; dame tiempo para que exprese su poder y pueda concebir ideas, crear valor, arrostrar riesgos, concitar voluntades y ofrecer trabajo… porque el trabajo mantiene el cuerpo, fortifica la dignidad, justifica los sueños y nos hermana a todos”. El tiempo, dios inescrutable, se expresó con la oscura voz de su silencio. Yo tomé su respuesta por concesión y, desde entonces, con esos propósitos, le sirvo como a un amo.

 

Photo credit: Cavern Pool via photopin (license)

Juan José Marcos Muñoz

Es el promotor de Bestaker.com y el emprendedor que está detrás del proyecto Visión de Davalor Salud. >>Más información

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